La escucha activa: el arte de estar presente
No basta con oír; hay que escuchar. La escucha activa implica dejar de hacer lo que estás haciendo, mirar a los ojos y prestar atención real. Es una invitación a decirle al niño: “lo que tienes que decir importa”.
Pequeños gestos ayudan muchísimo:
Apagar o dejar a un lado el móvil.
Ponerte a su altura.
Asentir o repetir parte de lo que ha dicho para confirmar que le entiendes.
Hacer preguntas curiosas, no inquisitivas.
Cuando un niño se siente escuchado, se siente válido. Y eso abre la puerta a conversaciones más profundas.
Validar emociones
A veces, por ayudar, intentamos quitar importancia: “No llores”, “No es para tanto”. Pero validar no es dar la razón; es reconocer la emoción del otro.
Pequeñas frases que suman:
“Veo que esto te ha dolido.”
“Tiene sentido que estés enfadado.”
“Es normal que sientas miedo en algo nuevo.”
La validación crea un espacio seguro donde el niño se siente comprendido, lo que le ayuda a regular mejor sus emociones.
Dar un lenguaje a lo que se siente
Muchos niños (y adultos) no saben poner palabras a lo que sienten. Ayudarles a construir un vocabulario emocional es clave para mejorar la comunicación.
Ideas simples:
Usar cuentos o películas para hablar de emociones.
Preguntar: “¿Estabas más triste, enfadado o confundido?”
Jugar a adivinar emociones con gestos o dibujos.
Cuantas más palabras tengan para nombrar sus emociones, más fácil será comunicarlas
Dar un lenguaje a lo que se siente
La Comunicación No Violenta (CNV) es una manera sencilla de expresar necesidades sin reproches. Suena difícil, pero es muy práctica.
Se basa en 4 pasos:
Observar sin juzgar
Identificar cómo me siento
Reconocer lo que necesito
Hacer una petición clara
Ejemplo:
“¡Siempre gritas y molestas!”
“Cuando hablas fuerte mientras trabajo, me siento agobiado porque necesito concentración. ¿Puedes jugar en tu habitación un ratito?”
Este estilo de comunicación reduce conflictos y enseña a los niños a expresarse con respeto.
El poder del ejemplo
No hay mejor enseñanza que la que damos con nuestro comportamiento. Si tú gritas, es más probable que tu hijo grite. Si tú respiras cuando te enfadas, él aprenderá a hacerlo también.
Consejos:
Nombra cómo te sientes: “Estoy frustrado, necesito un momento.”
Reconoce errores: “Perdón por hablarte mal, estaba nervioso.”
Mostrar tu vulnerabilidad enseña que sentir está bien y que todos estamos aprendiendo.
Conversaciones: pequeños rituales para conectar
No hace falta esperar a la crisis para hablar de emociones. De hecho, es mejor sembrar cada día.
Ideas fáciles:
Hablar mientras cenáis o antes de dormir.
Pasear juntos sin pantallas.
Preguntar: “¿Qué fue lo mejor y lo peor de tu día?”
Estos momentos crean una base sólida para que, cuando lleguen las emociones grandes, haya confianza.
Jugar para expresar lo que cuesta decir
A veces, hablar directamente es difícil. El juego se convierte entonces en una herramienta maravillosa.
Puedes probar:
Dibujar lo que sienten.
Hacer teatro con muñecos.
Crear historias donde los personajes vivan situaciones similares.
El juego facilita la expresión simbólica, menos intimidante para ellos.
Respetar los tiempos emocionales
No todos los niños procesan las cosas igual. Algunos necesitan hablar enseguida; otros prefieren esperar. Y está bien.
Tu misión:
Estar disponible.
No presionar.
Acompañar, incluso en silencio.
Los niños, igual que nosotros, necesitan su propio ritmo.
Límites claros, pero desde el cariño
Poner límites no está reñido con comunicar desde la emoción. Al contrario, los límites aportan seguridad.
La clave es explicar el por qué:
“No puedes pegar porque hace daño. Si estás enfadado, puedes gritar en un cojín.”
Así, aprenden lo que sí pueden hacer en lugar de solo lo que no.
Pedir ayuda cuando sea necesario
FAQs
En resumen…
La comunicación emocional se cultiva día a día, sin fórmulas mágicas. Requiere presencia, paciencia y mucha práctica. Pero sus frutos son enormes: más conexión, menos conflictos y una relación basada en la confianza.
Cuando tus hijos sienten que sus emociones tienen un lugar seguro, desarrollan más autoestima, resiliencia y bienestar.
Y tú, como madre o padre, descubres que acompañar no es controlar, sino caminar juntos.
