¿Alguna vez has sentido que reaccionas de manera desproporcionada ante determinadas situaciones y no acabas de entender por qué? Quizá una crítica te afecta mucho más de lo que te gustaría, te cuesta decir que no por miedo a decepcionar o experimentas una gran inseguridad cuando alguien importante para ti se distancia.
Puede que racionalmente sepas que no está ocurriendo nada grave, pero emocionalmente te resulte difícil gestionar lo que sientes.
En ocasiones, estas reacciones pueden estar relacionadas con experiencias que vivimos durante nuestra infancia y que, de alguna manera, han influido en cómo aprendimos a vernos a nosotros mismos, a los demás y al mundo.
Comprender esta relación no significa buscar culpables en nuestro pasado, sino entender mejor nuestra historia para poder relacionarnos de una forma más saludable en el presente.
¿Qué son las heridas emocionales de la infancia?
Cuando hablamos de heridas de la infancia nos referimos a experiencias emocionales que pudieron generar sufrimiento, inseguridad o sentimientos de rechazo, abandono o desvalorización durante nuestros primeros años de vida.
No siempre hablamos de acontecimientos especialmente graves. En ocasiones, pueden estar relacionadas con situaciones repetidas, como sentir que nuestras emociones no eran escuchadas, recibir críticas constantes, experimentar una elevada exigencia o percibir poca disponibilidad emocional por parte de las personas importantes para nosotros.
Durante la infancia construimos muchas de nuestras primeras creencias sobre quiénes somos, cuánto valemos y qué podemos esperar de las relaciones.
Sin embargo, es importante recordar que nuestras experiencias infantiles pueden influir en nosotros, pero no determinan inevitablemente nuestra vida adulta.
Señales de que algunas experiencias infantiles pueden seguir influyendo en ti
Aunque cada persona tiene su propia historia, existen algunas dificultades que pueden estar relacionadas con aprendizajes emocionales tempranos:
Miedo intenso al rechazo: interpretas las críticas o los desacuerdos como señales de que no eres suficiente o de que los demás pueden dejar de quererte.
Necesidad constante de aprobación: buscas reconocimiento externo para sentir seguridad en tus decisiones.
Dificultad para poner límites: priorizas las necesidades ajenas porque temes decepcionar o provocar un conflicto.
Autoexigencia elevada: sientes que debes hacerlo todo bien y te cuesta aceptar tus errores.
Miedo al abandono: experimentas mucha inseguridad cuando una persona importante se distancia emocionalmente.
Dificultad para expresar emociones: tiendes a reprimir lo que sientes porque aprendiste que mostrar determinadas emociones podía generar rechazo o incomodidad
¿Por qué pueden influir las experiencias de la infancia en nuestra vida adulta?
Durante nuestros primeros años aprendemos a relacionarnos a través de las experiencias que compartimos con las personas que nos cuidan.
Cuando nuestras necesidades emocionales son atendidas de manera suficientemente estable, solemos desarrollar una mayor sensación de seguridad. Sin embargo, cuando determinadas necesidades no encuentran respuesta, podemos aprender estrategias para adaptarnos a esa situación.
Por ejemplo, un niño que recibe reconocimiento principalmente cuando obtiene buenos resultados puede aprender a relacionar su valor personal con sus logros.
En la edad adulta, esta creencia podría manifestarse mediante perfeccionismo, dificultad para descansar o miedo a cometer errores.
Del mismo modo, alguien que durante su infancia sintió que debía evitar los conflictos para mantener la tranquilidad familiar podría desarrollar dificultades para expresar desacuerdos en sus relaciones.
No obstante, estas relaciones no son automáticas. Dos personas que han vivido experiencias similares pueden desarrollar respuestas muy diferentes.
Además, nuestras relaciones posteriores, los recursos personales y las experiencias positivas también pueden transformar esos aprendizajes.

¿Qué podemos hacer para sanar estas heridas emocionales?
El primer paso consiste en observar nuestras reacciones actuales desde la comprensión y no desde el juicio.
En lugar de preguntarte «¿por qué soy así?», puede resultar más útil plantearte «¿qué he aprendido a hacer para sentirme seguro?» o «¿qué necesito actualmente que quizá me cuesta reconocer?».
También puede ayudarte identificar aquellas creencias que condicionan tu comportamiento, como pensar que debes agradar siempre, que equivocarte significa fracasar o que expresar tus necesidades puede provocar rechazo.
Sanar no implica borrar lo vivido ni justificar todo lo que ocurrió. Significa poder comprender nuestra historia sin que necesariamente siga condicionando nuestras decisiones.
Es un proceso que requiere tiempo, nuevas experiencias y, en ocasiones, acompañamiento profesional.
¿Cuándo puede ayudarte la terapia psicológica?
En consulta, una de las dificultades que podemos encontrar es que muchas personas reconocen determinados patrones en sus relaciones o en su manera de tratarse a sí mismas, pero no comprenden por qué les resulta tan complicado cambiarlos.
A veces saben que no necesitan exigirse tanto, que tienen derecho a poner límites o que una discusión no significa que alguien vaya a abandonarles. Sin embargo, emocionalmente siguen experimentando un miedo intenso.
El acompañamiento psicológico permite explorar cómo se han construido estas respuestas, identificar las necesidades emocionales que pueden estar detrás y desarrollar nuevas herramientas para afrontar las situaciones actuales.
No se trata de responsabilizar a nuestros padres de todas nuestras dificultades ni de permanecer anclados en el pasado, sino de comprender qué hemos aprendido y qué queremos hacer diferente.
Porque no podemos cambiar la infancia que vivimos, pero sí podemos transformar la manera en que nos relacionamos con nuestra historia y con nosotros mismos.
FAQs
No. Aunque comprender determinadas experiencias puede resultar útil, el trabajo terapéutico también puede centrarse en las emociones, creencias y dificultades que aparecen actualmente.
Sí, en algunos casos pueden influir en la confianza, el miedo al abandono, la necesidad de aprobación o la manera de afrontar los conflictos. Sin embargo, no son la única explicación de estas dificultades.
Sí. Aunque no podemos modificar lo sucedido, podemos trabajar las consecuencias emocionales de esas experiencias, desarrollar nuevas formas de relacionarnos y construir una mayor seguridad personal.
