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HERIDAS DE LA INFANCIA: EL RECHAZO

Creo que todos los profesionales de la salud mental estamos de acuerdo en que la etapa de los 0 a los 7 años es la más vulnerable de todas, porque es en este tramo en el que se asientan las bases de lo que será nuestra futura personalidad. Es por este motivo que los humanos somos mucho más sensibles a todo lo que nos rodea y es más fácil que se nos genere algún tipo de herida emocional en esta etapa tan crucial.
Las heridas de la infancia son lesiones psíquicas y emocionales que se originan en los estadios más tempranos del desarrollo del ser humano. Si no tomamos consciencia de ellas, condicionarán nuestro futuro.
Como yo digo siempre, el humano, cuando es pequeño, está más cerca de la no vida que de la vida y todo suponer para él un reto. Así que, si no se cumplen sus expectativas, esto supondrá un riesgo para su integridad física y emocional. Si mi mamá (la proveedora de alimento) no se apega a mí cuando lo necesito, puede que ese día no coma y muera de hambre. Aunque nosotros sabemos que no es así, el niño lo percibe de otra forma. Recordemos que los peques son grandes captadores y muy malos interpretadores.

La teoría de los 3 cerebros postula que el cerebro reptil y el emocional coexisten desde edades muy primerizas (la gestación) pero el neo cerebro (o el cerebro racional) no se forma en su totalidad hasta bien entrada la trentena (sobre todo en chicos).
El cerebro reptil detecta una amenaza y activa el cerebro emocional (miedo – por este motivo las heridas de infancia se caracterizan por esta emoción) para activar una serie de conductas y así, satisfacer sus necesidades físicas y emocionales. Si estas necesidades no son satisfechas (en el caso de querer comida, o dormir…) o no son heterorreguladas (cuando empiezo a tener rabietas porque quiero conseguir algo que no puedo), mi cerebro emocional va a estar en perpetua alerta, provocando el ambiente perfecto para la instauración de estas heridas.

Es muy probable que a día de hoy todo el mundo tenga una o dos heridas de la infancia: son como fragmentos mal apedazados de nuestro ego que no supimos (ni nadie supo) como reparar a tiempo y de forma correcta. Como no teníamos forma de gestionar estas emociones ni de poder racionalizarlas (recordemos que para estar en equilibrio tenemos que tener un cerebro racional y emocional equitativamente balanceados) fuimos almacenando estas sensaciones y recuerdos en el inconsciente y han gobernado nuestra vida hasta el día de hoy.

CUANDO Y COMO SE FORMA:

La herida de rechazo se forma cuando de una manera u otra percibimos de nuestros adultos de referencia, un rechazo. Se inicia desde la concepción hasta el primer año de vida (pero se puede formar más tarde), en el que nota que su adulto de referencia del mismo sexo, (u otras personas de su alrededor), no lo aceptan tal como es.
Esta herida es muy dañina, ya que supone un rechazo a todo lo que representa al ser. Este rechazo es, principalmente, a sí mismo, que supone una no aceptación de lo que soy como persona, de mis sentimientos, de mis emociones, de mi personalidad, y de mi autocuidado.
Un ejemplo muy claro es cuando la madre descubre que está embarazada y supone un problema para la situación actual que están viviendo a nivel familiar. O bien cuando descubren que el bebé es de un sexo que no esperaban (no te querían o no te querían como era de suponer).
Normalmente, el rechazo se origina por la persona del mismo sexo.

COMO ES LA PERSONA:
Esta herida, si no aplicamos los mecanismos necesarios para proceder a sanarla, se verá reflejada en distintas facetas de la vida del adulto. Hacia uno mismo y sus emociones, hasta todo lo que supone tener un vínculo de apego: las relaciones (padres, hijos, hermanos, parejas, compañeros de trabajo, dinero, comida…).
Es decir, a todo aquello que le tenemos apego, puede verse manchado por la sangre de la herida no sanada de la infancia.
Normalmente las personas con heridas emocionales (que corresponde al 99,9% de la población) suelen tender a actuar de forma polarizada, bien rechazo yo, o me acerco a relaciones en las que percibo que me van a rechazar.
Sienten total insatisfacción por quienes son, baja autoestima, sienten que no valen nada, que no tienen derecho a existir, piensan que molestan y que no encajan en ningún sitio.
Existe sólo si está haciendo algo, es perfeccionista porque si no obtiene logros no será aceptado. Les cuesta mucho poner límites, respetar los suyos propios y, por tanto, aceptar los de los demás: se sienten atacados. Lo mismo sucede con la crítica: buscan la aprobación constante de las otras personas y cualquier crítica es percibida como un ataque.
Le gusta pasar desapercibido y estar en su mundo aislado, pero, a su vez, quieren ser aceptados cuando se encuentran rodeados de personas.
Son personas que evitan el conflicto a toda costa, adoptando, posiblemente, posturas sumisas delante de otra persona agresiva.

LA MÁSCARA DEL HUIDIZO:
Generamos esta máscara para cubrirnos bajo un disfraz que creemos que agrada a nuestros padres, para sentirnos aceptados en el clan familiar.
Esta máscara tiene un efecto secundario: repudia cada vez más quien soy en realidad, generando más sufrimiento. Si muestro mi verdadero ser, no voy a ser aceptado.
Otras consecuencias: apatía, ansiedad, conductas autolesivas, pasividad, impulsividad, hiperactividad, desobediencia, falta de autocontrol, baja autoestima.
No suelen ser personas muy vivaces, no viven en el aquí y ahora. Están ausentes. No son los protagonistas de su vida y permiten que otras personas ocupen este lugar.

TIPO DE APEGO:
El rechazo puede ser dado por un apego evitativo en el que el niño evita los padres porque percibe un rechazo por su parte, pero también por una relación en la que domine la sobreprotección. “Te sobreprotejo porque en realidad yo sé que tú, no eres capaz de hacer nada (rechazo) por ti solo” condenando al niño a tener que estar siempre demostrando que sí sabe hacer y de forma perfecta.


TIPOLOGIA CORPORAL:
La herida de rechazo se presenta predominantemente en mujeres (mujeres que no aceptaban a sus hijas por el deseo de concebir un varón) con pocas ganas de ser vistas, se esconden, se aíslan y cada vez se sienten más invisibles. Tienen tendencia a ser delgadas, musculatura apretada, ojos pequeños, mirada evitativa y tendencia a tensión en cabeza y cuello por la desmesurada actividad mental.
Tensión también en la pelvis, piernas y en la zona del diafragma. Da la sensación de que sus partes corporales están desfragmentadas; no cuadran las unas con las otras.
Suelen ser muy fríos de pies y manos.


¿SE PUEDE SANAR?
¡Sí! En primer lugar se trata de aceptar que tenemos esta herida y quién nos la causó para, posteriormente, aceptar que nuestros padres lo hicieron lo mejor que supieron. La aceptación de la herida y el posterior perdón interno y externo, es un proceso que puede ser más o menos largo. Dependerá del grado de introspección de la persona y de las ganas de librarse de esta condena. Cabe tener en cuenta que hay muchas personas que consiguen una serie de beneficios secundarios a estas heridas (evitar las situaciones que nos desagradan es muy apetitoso) y deberán estar dispuestas a librarse de ellos para poder tener una vida plena.
Aceptar que no fui aceptado (valga la redundancia) es un paso muy importante y doloroso a su vez, pero con las herramientas correctas se puede transmutar para dar paso a una autoconfirmación y comprensión de los padres tal y como eran, sabiendo que, en la mayoría de los casos, lo hicieron lo mejor que supieron.
Para la máscara del huidizo, será de gran importancia, por tanto, practicar la Inmersión en la emoción principal: el miedo. No evitemos el miedo, cuando lo detectemos, observémoslo, no huyamos de él. Y a partir de ahí, todo aquello que detectemos que nos provoca rechazo, nos provoca ansiedad, hagámoslo. Hay un dogma que se ha popularizado que recita “aunque tengas ansiedad, hazlo con ansiedad”. El miedo y la ansiedad funcionan de la misma forma, cuánto más los evites más grandes se harán.


¿SE PUEDE EVITAR EN LOS HIJOS?
Tenemos que ser conscientes que seguramente siempre generaremos alguna que otra herida o microherida emcional. Es decir, en cierto grado, no lo podremos evitar. Podemos darles amor incondicional, límites, herramientas y estrategias para que puedan gestionar estas heridas. Lo más importante radica en que cuando hay un trauma en la infancia, el respaldo y la gestión que los padres hacen de ello es lo que determinará si se originará una herida de infancia.

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